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Por Liliana Menéndez
Y para que las palabras
no basten
es precisa alguna muerte
en el corazón
Alejandra Pizarnik
Muchas veces he visto a niños leyendo
libros ilustrados y me he preguntado qué recordarán de aquello
leído y cuáles imágenes quedarán en su memoria.
Quizás, en la fragilidad del tiempo, me gustaría saber-ser
esa imagen recortada, poder crear las que me sobrevivan y
se constituyan en alimento y fuente de alguna memoria.
Qué daría por saber cuáles son las imágenes-presencia que
sirven para aliviar una pena, representar lo ausente, evocar
la protección de una mirada, hacer reencontrar la emoción
o condensar el recuerdo en ellas para volver a sentir.
¿Por qué me detengo a pensar en todo esto? Pareciera que la
cantidad nos preocupa, la imagen en diferentes soportes se
multiplica y tememos por el sujeto que mira como si la proliferación
y la diversidad fueran sinónimos de invasión y el sujeto quedara
inerte, atrapado por la imagen que se amplía al infinito.
Creo que la preocupación no es que haya "demasiados libros
ilustrados", ni que haya demasiadas imágenes en diferentes
medios; el tema de reflexión siempre será cómo nos relacionamos
con ellas (tanto los que las producimos como las que las miran,
en nuestro caso los niños).
El miedo a la proliferación y a la diversidad también tiene
que ver con la dificultad y la imposibilidad de controlar
lo que circula y lo generado por esa circulación profusa.
Pero no es ejerciendo el control de la censura lo que nos
permitirá crecer, sino el que asentemos nuestro trabajo en
el lugar de la crítica y del comentario, poniéndole palabras
a las preguntas acerca de la imagen, reflexionando sobre sus
significados y acerca de las tantas "buenas intenciones" de
sus emisores.
Mientras continuemos sin prestar atención a las ilustraciones
de nuestros libros para chicos, mientras discutamos como si
fuéramos grupos antagónicos escritores versus ilustradores
y viceversa, acerca de la importancia de la imagen o de la
palabra, una en detrimento de la otra; mientras los libros
para chicos sean "con dibujos" como si fuera algo natural
e intrínseco al libro mismo; mientras inclinemos la balanza
sólo hacia el lado de la imagen omnipotente, sofisticada,
inaccesible para todos, cara en los medios empleados para
su reproducción pero sin carne ni sustento, como para ser
creadora de infinitas lecturas, estaremos equivocando el camino.
Algunos ilustradores conversábamos, días atrás, con una escritora
que planteaba diferentes interrogantes en torno a los libros
ilustrados para niños. En un momento dado ella preguntó: "¿Ustedes
creen que los libros para chicos tienen que tener ilustraciones?"...
Me quedé sin aliento, perpleja...dije "es como si preguntaran
si los chicos tienen que escuchar música."
Solamente después me di cuenta que el sentido de la pregunta
para mí, se había abroquelado en la palabra tiene .
Como si se pensara que los libros para chicos deben tener
ilustraciones para que puedan existir y circular.
Es una distorsión pensar que un cuento sólo puede ser comprendido
por un niño (aún si hablamos de niños muy pequeños) únicamente
si está acompañado con imágenes.
También debo decir que un libro para chicos puede no tener
texto escrito, y saber ser sólo imágenes porque justamente
ellas se constituirán en "texto".
Pienso sin embargo, que no podemos ubicarnos en el orden de
la necesidad o de lo utilitario, sino en el mundo del arte.
Así como no tenemos dudas en ubicar a la Literatura para Chicos
en el campo de la Literatura como arte, así el mundo de las
ilustraciones debería ingresar y pertenecer al mundo del arte,
como la música o la escultura.
La concepción que acabo de mencionar
modifica nuestra mirada y a su vez transforma el mundo del
objeto libro.
Pero ¿cuáles son las imágenes que pueden ingresar al campo
del arte? ¿Cuáles son las que pueden convertirse en alimento
para crecer?
¿Sobre qué imágenes el niño detendrá su mirada para desde
allí abalanzarse a nuevos mundos? ¿O agazaparse, replegado
en un color o en una forma que lo lleve directamente a su
sentir?
Indudablemente no serán aquellas que los medios multiplican
una y otra vez y el placer radica solamente en el reconocimiento
de lo mismo, del estereotipo, silenciando las historias y
los cuentos. En estos casos la imagen se encapsula y se cierra
en un único y manipulado significado. El sujeto que mira,
no puede extraer de ella ningún vínculo y tampoco puede operar
o interactuar porque esa imagen dejó de hablar para
él.
Tampoco serán aquellas ilustraciones
que se constituyan en ornamento de un libro, en espiral redundante
del texto o en uniformidad de rostros y manitos regordetas
anunciando la frase "todos los niños son felices", porque
en la clara convicción de que no todos los son, mostrar el
espejo que solamente refleja ese fragmento de la realidad,
es una forma de tomar posición. La imagen es también lo que
no muestra, lo que oculta y lo que con ella excluye: lo otro.
Las imágenes al igual que las palabras, no son inocentes,
pero siempre el peligro está en la uniformización "como
si la imagen, al universalizarse, produjera un mundo sin diferencias"(1).
¿Hacia qué libros orientarnos entonces?
¿La dirección de la búsqueda y de la producción solamente
puede estar regida por el mercado y la oferta editorial? Para
mencionar experiencias alentadas por otros deseos, quiero
hablar de los libros que hacía Alberto Burnichón, un editor.
Conocí sus ediciones en el año 96, cuando en la Feria del
Libro Córdoba se organizó un stand con aquellos libros que
se logró recolectar de bibliotecas barriales, en Córdoba y
en otras provincias, y también ejemplares que atesoraban sus
amigos y su familia. Libros que la represión no pudo quemar.
No son ediciones con el rótulo "para niños" y sin embargo
muchos son libros ilustrados. "En la época en que comenzaron
a editarse se produjo algo singular: pintores o dibujantes
que ilustran a cuentistas o poetas que dicen a propósito de
la obra de un dibujante, escultor o músico"(2).
Son libros alejados por completo de un criterio sofisticado
empleado para su fabricación. Son libros sencillos en este
aspecto y son magníficos.
Hay algunos que guardan dibujos en servilletas de papel y
la solapa-pequeña caja que las contiene, lleva el texto que
el escritor escribió para esas imágenes.
Hay otros que parecen mapas de carreteras, plegados en cuatro
partes, hay que girarlos, darlos vuelta, o mirarlos con la
cabeza inclinada para poder ingresar a sus territorios de
dibujos, cuentos y poemas.
Hay libros de poesía, de cuentos, de ensayos, de dibujos,
de grabados; a todos y a cada uno de ellos se puede volver
porque el tiempo no los ha gastado.
Un camino a seguir para nuestros libros: buenos textos y buenas
imágenes.
¿Cuáles? Aquellos que son para pensar, sentir, dudar, mirar,
asombrar, prestar u olvidar para luego poderlos recordar.
Pero creo que aún podemos reflexionar sobre otros aspectos
que inciden en las imágenes de los libros para niños, alrededor
de los cuales estamos recién comenzando a pensar.
En la búsqueda de una metáfora para hablar de la imagen me
apropiaré de una, utilizada por muchos teóricos, la de Narciso.
Una escueta síntesis del mito cuenta que Narciso ve reflejada
su imagen en un estanque de agua y extasiado por ella, no
puede dejar de contemplarse.
Tenemos un sujeto-objeto y su imagen reflejada en el agua
limpia, la que en apariencia presupone una fidelidad mayor
a la conseguida con un espejo, artificio construido por la
mano del hombre.
Hasta aquí, tres elementos: sujeto-objeto,
imagen y soporte sobre el que se refleja la misma. En este
caso es como si la imagen pudiera ser sólo y nada más que
la copia de lo real, del objeto.
Pero la metáfora que utilizo, en su pluralidad de sentidos,
complica y hace problemática nuestra mirada. A los tres elementos
mencionados deberemos sumar, el paso del tiempo y con él las
modificaciones de la luz y de la sombra que transforman la
imagen reflejada; el posible movimiento del agua producido
por algún elemento extraño, una hoja que cae al estanque,
un animal que bebe...la imagen se deshace, se distorsiona....ya
es otra cosa.
Disgregada la verdad original, no encontramos en el reflejo
lo mismo que en el objeto; parece ser "otro" y aún bello.
La ambigüedad nos sorprende.
El mito habla de Narciso, que no puede dejar de mirarse atrapado
en su espejo de agua. Pero, ¿qué hay de esa imagen que sólo
existe en la medida que el sujeto la mira? Y aún más, ¿no
es acaso la imagen el sujeto mismo?
¿Podremos trasladar estas reflexiones al campo de la ilustración
de cuentos para niños?
Las imágenes relejadas son nuestras ilustraciones, vinculadas
a una realidad cambiante y sujeta al tiempo y a los movimientos
de su época, cuyas luces y sombras tapan y destapan aspectos
centrales de la vida y de las verdades del momento. Olvido
sobre lo que no se quiere ver ni tampoco mostrar, olvido sobre
lo que no se puede recordar.
Un soporte, un medio que condiciona lo reflejado, en nuestra
metáfora el agua, en nuestro trabajo los libros, su papel,
la textura de sus hojas, su diseño y las tapas que los abren
o los cierran.
Por último las palabras cuentan el mito, palabras que hablan
de lo que olvidamos, que anudan un texto tras otro para una
imagen que a veces alimenta la palabra, o tapa la palabra,
o ayuda a decir lo que ella no puede, o dice otra cosa que
ella no, diferente. O construye otros textos y multiplica
y suma allí cuando las palabras no bastan y es preciso alguna
muerte en el corazón.
(1) Roland Barthes. "La cámara lúcida". Ediciones Paidós.
Barcelona/Buenos Aires/ México. 1990.
(2) Catálogo - Muestra Homenaje a Alberto Burnichón. Córdoba
1996.
Este artículo
fue publicado por primera vez en la Revista de Literatura
Infantil "Piedra Libre" Nª 19, editada por CEDILIj (Centro
de Difusión de la Literatura Infantil y Juvenil) Córdoba -
Argentina. 1998.
También fue publicado en Café. Hoja Volandera
de la Asociación Profesional de Ilustradores de Valencia.
Nº 19. España.1999.
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