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De la entrevista realizada a Silvia Schujer y Mónica Weiss en la revista colombiana “Nuevas hojas de lectura” Nº 11, abril – junio 2006, con motivo del Primer Premio Latinoamericano NORMA FUNDALECTURA 2006 obtenido por las autoras con su libro-álbum “HUGO TIENE HAMBRE”,

he aquí las respuestas de Mónica Weiss:

El hambre es una circunstancia,
los amigos una oportunidad.

Cuando se piensa en literatura infantil se tiende a pensar en historias que acompañan, en relatos que introducen en la atmósfera cálida del sueño. Este no es el caso de Hugo tiene hambre, la historia de un niño inmerso en una realidad compleja, que pese a todo sueña. Como soñaba la pequeña cerillera de Andersen. Sus historias, como muchas otras de la literatura infantil no son felices. Y sin embargo, son entrañables: jamás olvidaremos el frío y cómo gastó su último fósforo la pequeña niña, tampoco olvidaremos las dimensiones que puede alcanzar el hambre de Hugo.

  1. La atmósfera desesperanzadora de este cuento habla de exclusión y soledad, duele y genera inconformidad.  ¿Por qué quisieron plasmar estas situaciones en un libro para los pequeños lectores…? ¿Por qué este es un libro para niños de 0 a 6 años?

MW: Si mis hijos fueran más pequeños, este sería uno de los libros para leer juntos antes de dormir. La circunstancia de Hugo es dura, pero Hugo es tierno. Con una imaginación frondosa, colorida, muy sabrosa. Y logra reír junto a un amigo. Yo quisiera compartir eso con mis hijos.
Los niños como Hugo habitan de a miles en las ciudades. Los niños lectores de este libro –niños con techo, con comida en la heladera, con escolaridad continua, seguramente con una mamá, o papá o abuela o abuelo o maestra o maestro que los ayude a leer este libro- conviven diariamente en su ciudad con los niños como Hugo, y cuando se ven, suelen preguntarnos acerca de sus destinos tan disímiles.
Creo importante que esa curiosidad por saber acerca del otro no se apague.  Para nuestros pequeños lectores, Hugo es compañero de generación.
Este libro es para cualquier edad, incluyendo a los niños de 0 a 6 años. Imagino que provocará, entre los niños lectores y los adultos importantes de sus vidas, algunos momentos de pensar juntos acerca de lo parecidos que son los deseos e inquietudes de todo niño, a pesar de su apariencia diferente, a pesar de su circunstancia.

  1. Al leer  a Hugo  es inevitable pensar en los personajes de Dickens o Andersen, niños expuestos a la orfandad y el maltrato.  ¿Por qué remozar este tema para contarlo a los niños de hoy?

MW: Bueno, por empezar, los niños con hambre no son exclusivos de la época de Dickens o Andersen. Los cruzamos a diario en la ciudad.
Y pensar que sólo hay que contar historias de los “niños como uno”, pareciera un poco pobre… un poco chato como propuesta… Uno se construye en relación con otros, y “verlos” es parte importante del crecimiento.
Por otra parte, los niños lectores de “Hugo…”, seguramente ven varias horas diarias de TV, y ahí, reciben muchas historias donde aparece el excluído, pero generalmente se lo muestra como una amenaza, o en el mejor de los casos, como una desgracia a la que hay que huírle.
“Hugo…” ofrece la posibilidad de verlo tan niño como a cualquier niño, tan persona como a cualquier persona.

  1. En Latinoamérica es inevitable emparentar este libro con De noche en la calle, de Angela Lago. ¿Qué las impulsó a escribir un libro tan “atípico” hoy? ¿Es un reto? ¿Una forma de rebelarse contra la situación de pobreza de los niños latinoamericanos? ¿Una muestra de madurez literaria?

MW: En la primera pregunta se señala que hay una atmósfera ‘desesperanzadora’ en el libro.
Pero la historia no lo es (y tal vez en eso difiera de la circularidad trágica de “De noche en la calle”).
Es una historia con una puerta de salida, una puerta creativa: risueñamente una vez le resumí a Silvia que –después de viajar algunas veces por Europa y sentir toda esa soledad del europeo- para mí, nuestro libro se trataba de “la solución sudaca: estaremos en la miseria, pero el amor y las ganitas de juntarnos nos da el ánimo y la fuerza necesarias para sobrevivir, y tal vez… salir de esa miseria maledetta!”.
Es una invitación a mirar.
Y a ver que Hugo es un par, en circunstancias difíciles.
Y a ver las maravillas que Hugo ve.
Es un libro acerca del hambre, pero sobre todo, acerca de la mirada.
Por eso, lo primero que se ve al abrir el libro, es el ojo de Hugo.

  1. Entre algunos lectores este libro resulta miserabilista  por mostrar con crudeza la situación extrema de muchos niños en nuestros países; para otros, es una invitación al conformismo en la medida en que plantea que mientras tengas amigos, el hambre no se siente. ¿Cómo se sitúan ustedes frente a esta polémica?

MW: ¡Qué curiosas resultan esas interpretaciones!
A los primeros, les diría que el eje del libro claramente no pasa por instalarse en la situación miserable de Hugo, sino por descubrir/compartir sus inmensos deseos de delicia.
Y a los segundos, que deducir que por juntarse con otro en la misma situación, por amigarse, quererse, buscarse, reír con el otro… uno se “olvida” del hambre, es sencillamente una falsa oposición. Hugo tiene hambre cuando empieza el libro, y también cuando termina. La amistad no le saca el hambre.
Ocurre que el aprendizaje de su recorrido imaginativo no pasa por su estómago, sino por su corazón. Y, como ya dije, tal vez ahí resida la clave de una futura solución a su estómago.
Me parece que como se trata de un tema ríspido, infrecuente en los libros infantiles de hoy (frecuentísimo en los cuentos clásicos), “Hugo…” provoca cierta incertidumbre pedagógica para con los chicos, y los adultos proyectan terrores propios, cosas no dichas, prejuicios con respecto a qué se debe hablar con un niño y qué no, y manda respuestas a las que aún les falla un poquito la puntería.
De todos modos, si se establece alguna polémica, si se habla aunque sea un poco del tema, al menos me da la esperanza de que lentamente el niño excluído que en este momento pide una moneda en la esquina mientras yo escribo ésto, se vaya “incluyendo” en los libros que leen sus pares más afortunados.

  1. El texto es sucinto, y resulta difícil pensar en él sin las imágenes. ¿Primero fue el texto, como anuncia Silvia Schujer en la pequeña reseña biográfica que hay al final del libro? ¿O imágenes y texto se alimentaron mutuamente? ¿Cómo fue el proceso creativo?

MW: Acá en Buenos Aires, en el barrio de Palermo, Silvia y yo vivíamos a dos cuadras de distancia, y muchas veces nos encontrábamos en el mercadito chino de mitad de camino. Todas nuestras conversaciones terminaban en lo mismo: qué bueno sería hacer un libro juntas.
Finalmente, hace tres o cuatro años, Silvia me alcanzó unos cuantos textos suyos con la idea de que yo eligiera alguno/s para ilustrar.
Al leer “Hugo tiene hambre” no dudé un instante. Le devolví el resto, y me quedé con Hugo. Le pedí paciencia, también, porque tenía una extensa lista de libros a terminar por delante.
Silvia se puso muy contenta, y a la vez me preguntó si yo estaba medio loca. Es que justo fui a elegir ese texto que ningún editor le había aceptado…
Digamos que el motivo de mi elección era casi el mismo que había provocado el rechazo de los editores: lo difícil del tema, y su situación “fantasmal” en los libros a pesar de su implacable presencia cotidiana en la vida urbana.
Para mí, el gran desafío de este emprendimiento era volver viable -y atractivo para niños- un libro “difícil”, a través de las ilustraciones.
Ahora bien, el proceso de construcción del libro fue sencillo y jugoso.
Silvia ha publicado muchísimos libros, y tiene una experiencia editorial inmensa. Pero para mi sorpresa, me comentó que era la primera vez que construía un libro junto a un ilustrador/diseñador. En ese sentido, iba a ser su primer libro-álbum propiamente dicho.
Yo venía de varias uniones creativas con escritores, todas muy reconfortantes, y con resultados muy buenos.
Cuando hice el story-board, y los lineamientos básicos de diseño, al texto de Silvia sólo necesité rebanarle unos párrafos, por cuestiones rítmicas y narrativas de la sucesión de imágenes, y para dar un espacio más generoso y aireado a la historia de Hugo y el perro. También le sugerí que todo lo que imaginara Hugo estuviera contenido de entrada en la plaza, que Hugo no saliera de la plaza en todo su recorrido, para reforzar el contraste entre lo poco que recibe y lo mucho que imagina.
A su vez, en una de las primeras páginas, Silvia me señaló un defecto importante en la transición visual con la página que le seguía, y se le ocurrió una solución muy inteligente.
Corregir esas cosas fue buenísimo para el libro.
Por lo demás, cada una confió y gozó del trabajo de la otra.
Cuando las ilustraciones ya estaban bocetadas en tamaño real, Silvia decidió ajustar algunos detalles del texto. Y a esos ajustes, le siguieron otros míos en los dibujos. Recibimos cada corrección con gratitud, y nos divertimos muchísimo.
A veces pienso que el hecho de haber planeado juntas dentro de un mercadito el proyecto de un libro sobre el hambre, no fue tan inocente, ja ja!

  1. El hambre de Hugo es tan grande, que para él todo se convierte en comida. Y esto, que es tan duro se vuelve gracioso por las imágenes que nos cuentan como, por ejemplo, una señora puede ser vista como una chocolatina, la fuente de agua, como un tazón de sopa; las copas de los árboles, como frutas. ¿Cómo llegaron a la ironía de estas imágenes?, ¿cuál es el propósito?

MW: El texto original de Silvia ya contenía esa idea de transformar todo lo que viera Hugo en comida.
Al leerlo se me apareció el recuerdo inmediato de una película de Carlitos Chaplin que había visto de chica. En particular una escena en la que Carlitos se encuentra navegando en un bote en el medio del mar, acompañado sólo por otro pasajero gordo y bigotudo. Y el hambre atroz de Carlitos hace que empiece a ver al gordo como un gran pollo rostizado, delicioso! Y va a comérselo y por supuesto el gordo se resiste y luchan sobre el bote y... ya no recuerdo cómo se resuelve la escena, sólo me acuerdo del pollo.
De modo que me mandé a dibujar las comidas más exhuberantes y tentadoras posibles. La cuota de humor era importante, porque en esas representaciones del deseo, a Hugo no se le puede cruzar ni un pensamiento/condimento negativo. Todo tiene que ser rico. Si fuera triste, le cambiaría el gusto.
Los ojos “pintados” o sombreados de Hugo, son un homenaje a Chaplin, una resonancia. Y el escalón y la puerta desde donde Hugo observa la ciudad gris en las primeras páginas, recuerda la entrada de la casa de Chaplin y el niño abandonado por su madre que él protege, en esa película que en Argentina se llamó “El pibe”, y en inglés “The kid”.

  1. ¿Cuál es el sentido del color y de las texturas en la historia?

MW: El sentido del color es simple:
- cuando a Hugo se lo ve desde afuera, desde el coche, desde las notas periodísticas, desde las propagandas o la TV, todo es gris y negro;
- cuando vemos el interior de Hugo -lo que Hugo desea y “ve”- todo se vuelve colorido, y desmesuradamente rico.
Decir “rico” es importante, porque no sólo habla del sabor, sino del dinero.

Ahora, con el tema de las texturas, tomé la decisión de incorporar a Hugo al paisaje ciudadano.
En el libro no sabemos dónde vive Hugo, pero parece que no viviera en ningún lado… parece que viviera deambulando en la calle. Por eso a su piel no le dí una textura propia, lisita, de fragante piel infantil, acariciada y mimada, sino que Hugo va apareciendo con la piel texturada de lo que esté a su alrededor: una pared, el piso, el cielo, lo que sea. En este tema, hice a Hugo como me parece que muchos lo ven: como parte del equipamiento urbano, con el mismo valor simbólico que un semáforo o un banco de plaza.

Un detalle que tal vez el lector no detecte, pero que para mí fue importante a la hora de la inspiración y de la coherencia temática, fue realizar todas las texturas con elementos de cocina.  Coladores, cuchillos, tazas, ralladores de queso, la ruedita de los ravioles.
Para colmo en ésto de las texturas me ayudó mi hija mayor, adolescente, y a su vez permitió que nos conectáramos -como hacía mucho no lo hacíamos- hablando sobre sus propios hambres, sus vacíos, sus deseos, qué veía ella y cómo la veíamos los demás, en un momento doloroso y crucial de su vida. De modo que hice el libro en un estado personal vibrante y esperanzado. Recuperando una calidez muy querida.
La escena en la que Hugo y el perro se miran cara a cara, y donde ¡al fin! los ojos de Hugo dejan de ser borrosos y falsamente “adultos”, y en cambio son nítidos y con la justa mirada de su edad, nos saca lágrimas a ambas. Ahí, mi hija es Hugo y yo soy el perro, no hay dudas!

  1. Hugo lleva como marca una espiral en su camiseta. También hay una espiral al final, cuando el niño y el perro ceden al cariño mutuo. ¿Esto tiene algún significado?

MW: Sí, definitivamente.
La espiral es una forma magnífica, polisémica.
Como arquitecta, la usé muchas veces para trabajar la idea de crecimiento, de desarrollo, de evolución. Así se ha usado reiteradamente en la historia de la arquitectura.
Pero luego, como ilustradora y diseñadora de libros, me apoyé en esa forma para trabajar también otras ideas, especialmente lo onírico, la caída al vacío y la angustia.
Esta brava trilogía sería el caso de la pancita de Hugo y su hambre, mientras que la espiral del final que embriaga a Hugo y el perro, tendría que ver con esa ola imparable que se siente cuando cedemos a la “caída al amor” (algo así como falling in love) y su futuro crecimiento.
Hace un rato hablé de la circularidad trágica de “De noche en la calle”. En este caso podríamos hablar de la espiralidad posibilitadora de “Hugo tiene hambre”.
Si partimos de su centro, una espiral es como un círculo “abierto”: cuanto más avanza la curva menos se cierra el círculo.

  1. ¿Qué representa este libro en sus trayectorias?

MW: Un fuerte estímulo al coraje, a la honestidad artística, a no esquivar los temas “difíciles”, y sobre todo, a volverlos viables. Estímulo que el Premio Latinoamericano Norma Fundalectura reafirmó de manera categórica.

  1. ¿Quisieran añadir algo?

MW: Sí, algo importante. Intento mostrar la belleza interior de un niño con hambre, pero nunca embellecer la pobreza.

 

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